Recuerda quién eres

San Juan Pablo II vivió un cierre e inicio de siglo con acontecimientos cuyas consecuencias siguen resonando en la actualidad. Siendo sacerdote, obispo, cardenal o Papa, su vida fue aquella voz de esperanza que recordaba en medio del caos: “¡El amor vence siempre!” Siendo un padre espiritual para tantos jóvenes, se dio cuenta del gran problema antropológico creciente: más allá de la famosa “duda existencial” en la que el ser humano se pregunta: ¿por qué existo?, empezó a ponerse más en duda ¿quién soy? Esta era una amenaza para todos sus pequeños: el ser humano estaba perdiendo el norte sobre su identidad. Este santo recordaba al pueblo, en especial a los jóvenes, que se camina hacia la propia identidad al encontrarse con Cristo, quien nos ayuda a entender lo que significa ser hombre, mujer, ser humano.

En la búsqueda de nuestra identidad, también empezamos a ser conscientes de que nuestro corazón tiene muchos deseos, cuyo centro es el amor, la paz y el bienestar. La Palabra de Dios y la Adoración Eucarística nos ayudan a comprender la dirección por la que nos llevan nuestros deseos, que en lo profundo es una búsqueda y anhelo de Dios. Lastimosamente, por el pecado original, muchas veces nos inclinamos a cosas que nos hieren profundamente y con las que herimos también a otros. Al caer en pecado, aumentan en nuestra mente y corazón las confusiones que logran que perdamos nuestro camino al cielo y olvidarnos sobre nuestra identidad.

 Para desatar estos nudos, no hay mejor recordatorio sobre quienes somos que la oración con la Palabra de Dios, carta de amor en donde Jesús nos alienta, luz y guía de nuestros pasos a la libertad y plenitud verdadera.  También es importante llevar las confusiones y heridas a la Santa Eucaristía, enseñarlas a Cristo para que nos ayude a nombrar cada una y así sanar. El cielo viene a pedir posada a nuestra alma, para transformarla en un hogar que tenga su perfume y huella; quiere hacernos nuevos en El. 

Precisamente este es el camino a la santidad: un descubrimiento sobre quienes somos en Cristo y cómo vivir según esta identidad. Sin importar la manera en que llegaron a los pies de Jesús, los santos entienden el lenguaje de las heridas, porque también sufrieron y fueron lastimados. La diferencia es que lograron responder en muchos momentos con gran caridad, mansedumbre y sencillez por la gracias que el Señor derramaba en ellos para ser transformados hasta alcanzar la conversión.

Por más de que las voces del mundo nos aturdan y hacen más difícil reconocernos en el espejo, el Señor trae su verdad a nuestra vida que ayuda a filtrar cada ideología que nos topamos de camino: somos suyos. Joven recuerda quién eres: hijo(a) de Dios, en quién pensó desde el inicio de los tiempos y por quien dio su vida en la Cruz.

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