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Dos Corazones, Un Solo Amor: El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María


Simeón lo profetizó:

Los corazones de Jesús y de María no pueden separarse, donde está el hijo, está la madre. Donde late el Corazón de Cristo también está el latido fiel de María.

En la cruz, cuando el Corazón de Jesús fue traspasado, María estaba allí (Juan 19,25), ella unió su dolor al suyo en silencio, en adoración, en entrega, y en ese momento se nos dio como Madre (Juan 19,27), su corazón nos adoptó.

La espiritualidad de los dos corazones nos invita a entrar en la profundidad del amor redentor y maternal de Dios: Jesús nos salva, y María nos conduce a su Hijo. Él nos redime, ella nos forma como discípulos.

La Iglesia, a través del magisterio, ha respaldado estas devociones por siglos. Papas como León XIII, Pío XII y San Juan Pablo II promovieron la consagración a los dos corazones como camino de santidad, unidad y paz para el mundo.

Contemplar estos corazones es mucho más que rezar una oración, es una llamada a amar como ellos aman: con fuego, con ternura, con perdón, con pureza.

Consagrarte al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María es abrir tu corazón a una alianza de amor eterno, ellos no te fallarán porque su amor es eterno, afirme, fiel, sanador y transformador.

Hoy, deja que esos dos corazones sean uno con el tuyo, diles:

“Jesús, quiero que mi corazón sea como el tuyo: manso, humilde, ardiente.”

 “María, forma en mí un corazón como el tuyo: puro, disponible, obediente.”



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